CLAVES PARA IDENTIFICAR NUESTRO
MODO DE PENSAR
Y ENRIQUECER NUESTRA CAPACIDAD
DE REFLEXIÓN
UN ENSAYO
CRÍTICO
Robert Stenberg, quien ostenta
trece doctorados honoríficos provenientes de las mejores universidades de
cuatro continentes, es considerado uno
de los psicólogos más sobresalientes del
medio hoy en día. Por ello, no es de sorprendernos que las teorías que plasma
en sus libros ejerzan tanta influencia en cualquier campo de la psicología aplicada.
Stenberg publica en 1999 el libro
titulado “Estilos de pensamiento. Claves para identificar nuestro modo de pensar
y enriquecer nuestra capacidad de reflexión”. Llama la atención que desde el título mismo
el autor invite al lector a que el conocimiento que adquiera con la lectura del
texto no se quede solo en eso, sino que más bien conduzca a la meditación
personal y a un actuar consecuente.
El autor se enfoca en la
diferenciación entre las aptitudes o capacidades para hacer las cosas y los
estilos de pensar, es decir, la manera en que las personas prefieren hacerlas,
aclarando en todo momento que ambos factores pueden ser igual de relevantes
dentro de su desempeño. Estos hallazgos son consistentes con el hecho de que
como educadores constantemente nos encontramos con que las notas escolares no
son un indicador del éxito que tendrá nuestro alumno al enfrentarse a los
estudios superiores o al medio laboral.
La teoría del autogobierno mental
se basa en el hecho de que las distintas formas de gobierno político que
existen hoy en día son únicamente un reflejo de los diversos estilos de
pensamiento humano, razón por la cual Stenberg divide a las personas de acuerdo
a sus funciones (legislativo, ejecutivo y judicial), formas (monárquico,
jerárquico, oligárquico y anárquico), niveles (global y local), alcance
(interno y externo) e inclinaciones (liberal y conservador).
Existe mucho que se puede
comentar acerca de la clasificación del autor, sin embargo, me pareció
especialmente útil la división en base a las funciones de las personas: legislativo,
ejecutivo y judicial. Las personas ejecutivas gustan de seguir reglas y
prefieren resolver problemas estructurados; éste estilo es muy apreciado en
general por las escuelas y el medio laboral cuando se ocupan mandos medios o
bajos pues son muy buenos para seguir instrucciones y llevar a cabo tareas como
les es indicado.
Las personas legislativas
prefieren tomar decisiones propias respecto a qué hacer y cómo hacerlo y
propenden a la creatividad, pero no son muy apreciados en medios donde se exige
una ejecución incuestionada del trabajo planteado debido a que prefieren hacer
las cosas a su modo y no gustan de seguir las reglas.
Finalmente, los individuos judiciales gustan
de evaluar y analizar, reglas, procedimientos, ideas y cosas existentes; sin
embargo, la educación deja poco o nada de lugar al cuestionamiento de los
conocimientos que se imparten en las escuelas y lo mismo ocurre en muchos
centros de trabajo.
Un punto acertadamente criticado
por el autor es el hecho de que ciertos estilos de pensamiento, como el
legislativo, son rechazados y hasta penalizados por las escuelas, llegando estas
a reprimir y hasta eliminar dichos estilos. La gravedad de esto reside, no solo
en la gran frustración que se causa en las personas al tener ellas que coartar
su “comodidad” psicológica, sino en que muchas veces se pierden características
que pudieran haber sido muy deseables para el futuro desarrollo profesional y
personal de las personas.
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El sistema educativo actual llego
a existir como modelo poco después del inicio de la era industrial debido a que
surge la necesidad de entrenar mano de obra calificada para el trabajo en las
fábricas e industrias. La educación pública tenía como propósito el capacitar a
los futuros obreros de la industria, mas no a los altos ejecutivos o
inventores, quienes generalmente emergían de las clases altas y por años
continuaron recibiendo su educación de manera particular y personalizada. Era
un sistema que buscaba entrenar a las personas como ejecutivos y, por tanto,
las premiaba. En cambio, dicho sistema no tenía necesidad de personas legislativas
o judiciales que cuestionaran la manera en que se efectuaban las cosas. Seguido
eran consideradas “rebeldes” y eran rechazadas y penalizadas por el sistema de
evaluación educativa.
Hoy en día y al reflexionar
acerca de éstos puntos no es de sorprendernos que los inicios de la Revolución
Industrial llevara al deseo de impartir educación de manera industrializada,
sin embargo, lo que sí debería sorprendernos es el hecho de que poco más de
tres siglos después se continué con la producción en masa de ciertos perfiles
académicos cuando la vida misma requiere de diversos perfiles que lleven a cabo
diferentes tareas.
Stenberg destaca el hecho de que
la coincidencia entre estilos y aptitudes llevan a una sinergia que llevará al
sujeto a aprovechar al máximo dichas características. El problema reside en que
esto no ocurre en todas las personas, siendo necesario en estos casos que las
personas hagan una distinción entre lo que quieren y lo que pueden ser o hacer.
Ejemplo de ellos son los muchos jóvenes que sueñan con ser médicos como sus
padres y continuar con el negocio familiar pero que se les dificulta concentrarse
en la lectura o estar encerrados en una oficina por mucho tiempo. O los que sueñan
con ser futbolistas o cantantes pero que no tienen la aptitud requerida.
Recientemente platiqué con una
alumna de Primaria debido a que se le sorprendió con que había modificado su
reporte de calificaciones para engañar a sus padres debido al estrés que le
causaba la idea de tener que enfrentar y decepcionarlos. Ana es muy responsable,
respetuosa y sociable en extremo, pero que es también muy dispersa y platicona,
razón por la cual batalla para recordar los datos específicos que le preguntan en
clase, lo cual se ve reflejado a su vez en su boleta.
Desde mi punto de vista, el
problema aquí reside no en que la niña no alcance una calificación perfecta,
sino en el estrés que se le está causando debido al alto nivel de exigencia que
le han planteado sus padres y ella misma ante un sistema educativo que no se
adapta a su estilo de pensamiento. La situación empeora cuando el maestro mismo
aumenta la presión dentro del salón de clases al exigir lo mismo a todos sin
tomar en cuenta las diferencias entre sus alumnos. Creo que es en éste punto
que es especialmente importante que entre en acción nuestra capacidad de
reflexión como padres, docentes y personas. Si aceptamos que nuestro sistema
educativo es el que es y que no puede favorecernos a todos en todo momento y
que, como consecuencia, muchos nunca podrán sobresalir en ciertas etapas de su
desarrollo académico, ¿por qué causar frustración a niños y adolescentes al
exigirles que así sea? ¿Podemos pedir a un niño que de su mejor esfuerzo sin
esperar irrazonablemente que dicho esfuerzo se vea reflejado siempre en una
buena nota?
También debemos de ser
conscientes de que esto no quiere decir que no seremos favorecidos nunca por
otros niveles educativos o medios laborales. Nuestros estilos de pensamiento
pueden ser modificados de acuerdo a nuestra edad, las circunstancias y nuestra
flexibilidad personal. ¿Qué podemos hacer para enseñar a nuestros alumnos a ser
flexibles? ¿Qué hago yo para poner el ejemplo y además adaptar mi enseñanza a la
mayor cantidad de estudiantes posible?
Es obvio que nuestro sistema
educativo actual merece ser, no solo adaptado, sino revolucionado desde sus
fundamentos mismos, sin embargo, mientras seguimos esperando a que eso ocurra ¿qué puedo hacer yo como docente? Si nuestra
labor como maestros tiene por objetivo el preparar a nuestros alumnos para la
vida adulta tanto en lo laboral como en lo personal, ¿realmente quiero
mimetizarme con un sistema que prefiere una “producción en serie” de alumnos
graduados con el mismo molde a pesar de no estar cumpliendo su cometido? ¿O me
esforzaré por respetar y explotar los estilos y habilidades de los seres humanos
que tengo sentados frente a mí en el salón de clases? Todo educador que busca
enriquecer su vida y la de las futuras generaciones debe hacerse ésta pregunta.